La tradición kantiana

 

La ética de Kant-A fines del siglo XVIII, Immanuel Kant propone un criterio moral distinto a los que hemos expuesto. Considera que, ciertamente, los seres humanos desean ser felices y que para lograrlo han de hacer uso de una razón prudencial y calculadora. Sin embargo, como las personas imaginamos nuestra felicidad de formas distintas, una razón de este tipo no puede formular sino consejos.

- No obstante, hay determinados mandatos que pensamos que debemos seguir, nos haga o no felices obedecerlos. Cuando digo que "no se debe matar" o que "no hay que ser hipócrita", no estoy pensando en si seguir esos mandatos hace feliz, sino en que es inhumano actuar de otro modo.

- Así pues, la razón nos impone una leyes que obligan sin condiciones, es decir, no prometen la felicidad a cambio: solo prometen realizar la propia humanidad. De ahí que se expresen como mandatos (imperativos) categóricos, no condicionados a que alguien quiera ser feliz de un modo u otro. Ser persona es por sí mismo valioso, y la meta de la moral consiste en querer serlo por encima de cualquier otra meta: en querer tener una buena voluntad. La razón que da esas leyes morales no es la prudencial ni la calculadura, sino la razón práctica, que orienta la acción humana de forma incondicionada.

- Para saber que una norma es una ley moral, dada por la razón práctica, Kant propone someter cada norma al test del imperativo categórico. A continuación tienes dos de las formulaciones del mismo.

- Formulaciones del imperativo categórico:

1- Obra sólo según una máxima tal que puedas querer al mismo tiempo que se torne ley universal.
2- Obra de tal modo que trates la humanidad, tanto en tu persona como en la de cualquier otro, siempre como un fin al mismo tiempo y nunca como un medio.

En opinión de Kant, una persona es autónoma cuando no se rige por lo que le dicen, pero tampoco sólo por sus apetencias o por sus instintos, que al fin y al cabo, no elige tener, sino por un tipo de normas que cree que debería cumplir cualquier persona, le apetezca a él cumplirlas o no. Esas normas serán las propias de cualquier ser humano. Un ser capaz de actuar de este modo y que es valioso en sí mismo no puede, según Kant, venderse en el mercado por un precio, porque para eso habría que fijarle un equivalente. Pero, ¿por qué podemos intercambiar a un ser humano?, ¿cuál es su equivalente?, ¿cuál es su precio? La respuesta de Kant es clara: los seres humanos no tienen precio, no pueden intercambiarse por un equivalente, sino que tienen dignidad. Son dignos de todo respeto.